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Entre pollaviejas y pielfinas anda el juego

5 de julio de 2026

Entre pollaviejas y pielfinas anda el juego

“Las miradas de Ajetreo” nace para luchar contra las etiquetas actuales y recuperar una visión que el ocio alternativo nunca debió perder

Os sitúo…

9 de Marzo de 2024. Por aquel entonces tenía treinta y tres añicos (añoranza de juventud…), y dirigía mis pasos hacia la Estación de la Ciencia y la Tecnología. Y he de reconocer que no sin dudas y escuchando a una voz interior que me decía “date la vuelta…que estás a tiempo…finge gastroenteritis…”. Días antes, contacté con unos de una asociación desconocida para mí entonces (amiga, las vueltas que da la vida…) llamada Ajetreo para participar en sus I Jornadas de Rol. Me respondió un tal Urruela, muy amablemente, para orientarme un poquillo entre tantas opciones.

Tal correo decía: Estamos emocionados de tenerte en nuestra mesa y estamos seguros de que disfrutarás de la aventura que tenemos preparada. Y acertaron…pero de pleno.

Desde el minuto uno me sentí cómoda. La bienvenida fue cálida, el ambiente acogedor y la partida una experiencia que me acompañará siempre.

Ese mismo día decidí unirme, sin mayor intención que favorecer lo que estaban creando y, con algo de suerte, formar parte de una comunidad de personas que se conocen y se reúnen con una única pretensión: pasarlo bien. Disfrutar. Y ya.

El peso de las lentes

Escribiendo estas líneas me doy cuenta de que miro atrás con cierta nostalgia, y con más perspectiva. La que te da el propio paso del tiempo y contar ahora con un repertorio más amplio de lentes, propias y prestadas. Y, en ese intercambio de lentes, quizás hayamos perdido de vista lo fundamental. Porque alguna venía algo sucia o rayada y, al ponérnoslas, sin cuestionar más allá, lo que obtuvimos fue una percepción de la realidad borrosa o incompleta, que genera fracturas innecesarias donde lo que siempre hubo fue una búsqueda de unión. Una comunidad alrededor de una mesa. 

Esa división es, precisamente, lo que me trae hoy a este rincón. La necesidad de re-enfoque. Un re-ajuste de miras. Y sí, seré totalmente sincera…Me guía cierta rabia. Impotencia y frustración. Ante un ocio alternativo cuya narrativa actual viene teñida por términos de recurrencia fácil y un discurso en el que se defienden y promulgan unos valores que tejen su propia trampa de incoherencia y osadía. Porque lo que se dice no es lo que se hace. Y lo que se dice muchas veces es simple y llanamente falso, alimentado por una experiencia limitada, carente de argumentación, que se generaliza y que culmina en catalogación. 

Y llevo un tiempo preguntándome…¿para qué? ¿Qué se quiere conseguir? ¿Qué ganamos creando un foso entre bandos y levantando murallas?

¿Cómo vamos a construir una comunidad en la que nos dejamos señalar y etiquetar por quienes comparten “casa” con nosotros?

La trampa de las etiquetas

Esto os va a sonar…

Pollavieja: dícese de aquellos cincuentones de mente cerrada y oídos sordos. Anclados en la tradición y sistemas del pasado, son la élite que te otorga el carnet para poder opinar sobre aquello de lo que son expertos. Opinar, no cuestionar, que lo de discutir es solo por el placer de escucharse a ellos mismos. La razón es suya.

Pielfina: dícese de aquellos que rondan y habitan los veintimuchos y la treintena, de mente abierta y filtro de entrada. Grandes defensores de la pluralidad y la aceptación, sienten toda opinión diferente a la suya como un ataque personal. Cuando no se está de acuerdo, se ofenden, ya sea porque no se sienten escuchados o porque no se les está entendiendo. Porque son expertos en lo suyo, y suya es la razón. 

¿Nos recuerda a algo…? Nada…ignoradlo…cualquier punto en común entre ambos conceptos es fruto de vuestra imaginación…Especialmente si se trata de una cuestión de ego. Fuera, fuera…

Como nota aclaratoria, si estás en medio…no te busques, que no te encontrarás. Entre los cuarenta y los cincuenta, nadas entre dos aguas en medio de una tempestad. Eres gris, anodino, insulso. Te quedas hasta sin etiqueta.

Os mentiría si no os admitiera que, personalmente, todo esto me parece una gran patraña. Y patraña, por definición, es una “invención urdida con propósito de engañar”. Y se me antoja un sin sentido.

Así que, volvemos a lo de antes. Todo esto… ¿Para qué?

Las miradas de Ajetreo.

Este es nuestro próximamente… Abrir los ojos. Despertar.

Una intención clara de tirar por tierra esas murallas y crear puentes. Un proyecto que nace de la convicción de que las diferencias no son obstáculo, sino un activo. 

La experiencia de diferentes generaciones.

El encuentro entre iguales.

La vuelta a la sencillez…

Un regreso a la mesa de juego para celebrar lo que nos une.

La imaginación, la ilusión, el respeto hacia aquella persona que se sienta a tu lado a compartir su tiempo y anécdotas contigo. 

A tirar unos dados, a intercambiar cartas y a colocar tókens en el tablero.

Como aquel 9 de marzo del 24, en el que no había ni una etiqueta en la mesa. 

Éramos personas jugando.

Nada más…

Nada menos.

Mediavilla

Tags :
Ajetreo,Camarilla,Opinión

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5 respuestas

  1. La pena es que algunas “personas” lo continúan usando, cuando esa “guerra” era una farsa… una come dieta para conseguir “likes”… y todo era muy fácil… mucho más sencillo que insultar y distanciar… solo había que jugar. Sentarse y jugar.
    El problema viene cuando se argumenta el manido mensaje de “no escuchan”… y si se escucha, pero no se opina igual. Y cuando eso sucede… ¡se fastidió! ¡No escuchan! Y ahí ya no hay vuelta atrás… es más fácil quedarse ahí. En “tu verdad”.
    Una pena.

  2. Mmm…

    Un artículo interesante que comienza con una presentación sencilla para, a continuación, situarse en una postura unificadora y reivindicativa. Sí, pero también con ciertos matices de juez y verdugo.

    Como bien dice la autora, es inevitable sentirse etiquetado. Comparto plenamente lo que creo —aunque no estoy completamente seguro de interpretarlo así— que constituye su argumento principal e irrebatible: las etiquetas empobrecen la convivencia y distorsionan lo que realmente importa: jugar, compartir y tratarse con respeto. Todos y todas, socios de asociación o no, debemos aportar o colaborar para, en primer lugar indentificar este tipo de problemas y, en segundo lugar, atajarlo o solucionarlo en la medida de nuestras posibilidades.

    No obstante, discrepo con la autora en un punto. A la hora de buscar responsables, creo que la situación actual no puede atribuirse únicamente a los jugadores (y a los directores de juego).

    Los denominados pollavieja (término que llevo con orgullo, pues no puedo negar mi edad y, desde luego, no lo considero un insulto), especialmente quienes llevamos años jugando al rol, hemos sido testigos de cómo determinados sistemas (los mas populares) han evolucionado hacia una deriva que, en mi opinión, poco tiene que ver con el rol “primigenio” que conocimos. No hablaré de los juegos de mesa porque no es un ámbito que conozca lo suficiente.

    En esencia, una partida de rol reúne a varios jugadores, cada uno interpretando a su personaje, y a un director de juego que conduce la aventura. Los jugadores deben superar los desafíos que este plantea, obtener experiencia, tesoros y objetos, y hacer evolucionar a sus personajes para enfrentarse a retos cada vez mayores.

    En las ediciones clásicas de un conocido sistema de rol que prácticamente todos hemos jugado, las clases —y también las razas— estaban claramente definidas. Lo que una clase podía hacer resultaba imposible para otra. La consecuencia era evidente: el juego fomentaba la cooperación, el trabajo en grupo. Todos dependían de todos para superar los obstáculos.

    Hoy, en cambio, casi cualquier clase puede desempeñar prácticamente cualquier función. Son posibles combinaciones de raza y clase antes impensables, por muy rocambolescas o, desde mi punto de vista, poco coherentes que puedan parecer. Da la impresión de que pesa más la identidad individual del personaje y que el jugador se sienta plenamente representado por él que su utilidad dentro del grupo.

    Al mismo tiempo, determinadas razas han sido “humanizadas”, dejando atrás gran parte del lore que anteriormente les daba personalidad. Lo que antes era claramente maligno ahora puede presentarse como bondadoso; lo que antes representaba el bien pasa, en ocasiones, a convertirse en algo irrelevante o inofensivo. Ya no existen apenas blancos y negros, sino una extensa gama de grises en la que parece que todo tiene cabida.

    Paralelamente, la autoridad del director de juego también parece haberse diluido. Sus decisiones, que antes eran aceptadas como parte del contrato implícito de la mesa, hoy pueden ser cuestionadas de manera constante. A ello se suman elementos como la tarjeta X, los therian y muchas otras cuestiones que prefiero no desarrollar, bien porque no las comprendo del todo, bien porque considero que guardan poca relación con el rol tal y como lo hemos conocido durante décadas.

    Y todo este nuevo marco que impregna determinados sistemas de juego no creo que sea responsabilidad exclusiva de los jugadores. A mi juicio, responde a decisiones adoptadas por determinadas empresas y sus directivos que, aunque sin duda han logrado atraer a nuevos aficionados —algo perfectamente legítimo desde una perspectiva comercial—, lo han hecho sacrificando parte de la esencia que convirtió a esos juegos en referentes.

    Coincido con la autora en que todos, especialmente los jugadores veteranos y los directores de juego, debemos mantener una actitud abierta, seguir evolucionando y continuar aprendiendo. Sin embargo, esa apertura no debería impedirnos expresar una crítica razonada cuando percibimos que esta evolución está transformando profundamente un ocio que hemos disfrutado durante tantos años. Desde mi punto de vista, en nombre de la inclusión y de una permisividad cada vez mayor, algunos sistemas están dejando de ser aquello que los definía para convertirse en algo diferente. No afirmo que ese cambio sea necesariamente peor para todo el mundo, pero sí que, determinados sistemas de rol han perdido calidad y, para muchos veteranos, supone alejarse de la experiencia que nos hizo enamorarnos del rol. PD: Disculpad el rollo.

    1. Qué bueno !!!
      Siempre por el rol y el hobby !!!
      Larga vida al rol !!!

      Sin etiquetas, disfrutando, compartiendo y aprendiendo de los nuevos jugadores qué traen el relevo.

      Me enseñaron los mayores, jugué con los jóvenes y enseño a los pequeños. De todos he aprendido y con todos me lo pasé en grande.

      Este hobby tiene una parte tan buena y bonita que cuando la conoces eclipsa todo lo irrelevante.

      Un saludo con el corazón

    2. Por no entrar en dimes y diretes… que la opinión es de cada uno y respetable completamente.
      Para mí no hay sistema bueno o malo, sino “adecuado” para mi o no… y que todos los juegos… ¡todos! Tienen su director y jugadores.
      Yo puedo decir que BRP es lo mejor y no soporto el PbtA… y es así, pero para mí. Y mi opción es fácil… jugar BRP. Pero hay mil juegos y sistemas, hay viejos que me apasionan y otros que “detesto”, y con los nuevos me pasa igual.
      No soy de los que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino que para mí los disfruté diferente. Era todo más “natural” e improvisado, porque el rol estaba en pañales. Ahora queremos “títulos” y “etiquetas”… y eso no siento que sea positivo. No siento ni creo que sea lo necesario para un ocio de muchos.

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