De cómo un valentón de Sevilla halló consuelo y esperanza en unas Jornadas de Familia, y otras lindezas que he decidido contar
Permitidme que me presente, que soy de los que gustan de mirar de frente y hablar sin dobleces.
Me llamo Gonzalo Ibáñez y, en la vida real, aquesta vez fue Mencía quien me ayudó a ser un valentón de la Sevilla del 1623, de los que van de capa y espada, de los que miran mal a un alguacil y le hacen cruzar la calle. Pero no penséis que soy un desalmado, que no. Soy de los que lloran con un romance bien cantado y parten el alma por un amigo. Y he aquí que he decidido coger la pluma, sin ser lo mío, pues lo mío son los aceros y la pólvora, para escribir estas líneas con el pecho lleno de gratitud y los ojos un poco empañados, que de eso no se salva ni el más pintado.
Y, ¿a qué viene tal romería de palabras, os preguntaréis? Pues viene a que he sido testigo de algo grande. Algo que ni en mis más fieros duelos en la calle Sierpes había presenciado. Hablo de las VI Jornadas de Rol en Familia que han tenido lugar en Avalon, esa cueva de maravillas que los buenos de Burgos tienen la dicha de poseer. Y no he venido solo a contarlo, que sería mucha soberbia la mía. Vengo en nombre de muchos otros que andan por esos mundos de ficción: hablo de Zorg, ese paladín semiorco que llora con los cachorros y parte cabezas con la misma facilidad; de Ulfgar, el guerrero enano de las montañas, que jura que su barba es más espesa que mi honra, y de otros muchos, decenas de ellos, que habitan en módulos, dados y hojas de personaje. Todos ellos me han dicho: “Gonzalo, tú que eres suelto de lengua, ve y escribe. Da las gracias, que nosotros somos más de gruñir que de rimar”.
Y aquí estoy.
Buenas palabras, mejores sensaciones y sonrisas. Eso es lo que deseábamos. Y las VI Jornadas en Familia en Avalon han sido un éxito. Y lo serán siempre… No porque el lugar sea mágico, que lo es, sino por las personas que lo han compuesto. Personas que son las que son: ni muchas ni pocas, sino las justas. Las que hacen que un valentón como yo se emocione al ver a chavales de pocas primaveras coger los dados con manos temblorosas y, al cabo de una hora, estar bramando como yo bramaría ante un falso amigo. El rol en familia es eso: ver crecer a jóvenes héroes. Y a los no tan jóvenes, también.


Agradezco, y de ello quiero que quede constancia en estos papeles, a Avalon. El mejor lugar y mejor anfitrión que uno pueda soñar. Y creedme cuando digo que no hay palacio mejor que esta tienda de libros y juegos, además de otras brujerías que allí se custodian, que no he querido preguntar demasiado, porque a veces es mejor no saber… Y entre sus buenos hidalgos y damas quisiera nombrar a Iván y Raquel, que nos abrieron las puertas como si fuéramos de la familia. Y a sus mejores compañeros de armas, Lucía, Ribo y ese otro que llaman Thomas, que no recordaba el nombre por venir de ultramar, y me soplan desde la trastienda que anduvieron más atentos que un escribano a la hora del reparto.
Tampoco queremos olvidarnos de los directores de estas comedias. Porque sin ellos, esto no sería más que un montón de dados sobre una mesa. Ellos son Cazalilla, Guasch, Javier, Mediavilla y Urruela. Soldados y poetas que están ahí, disfrutando, sudando la gota gorda cuando un chaval decide que su personaje se tira por la ventana “porque sí”. Y lo llevan con gracia, que es mucho llevar. Ellos son los que nos ven llegar, a los personajes más variopintos que uno pueda imaginar: desde las tierras más allá de la fantasía, donde los orcos charlan o pelean con elfos y enanos (y creedme, he visto a un elfo y a un orco compartir una jarra de hidromiel, cosa que en mi ciudad no se ve ni en carnavales), pasando por detectives taciturnos que se enfrentan a terrores que jamás pensé como soldado (y no me preguntéis qué clase de terrores, que aún me dan escalofríos a pesar de mi templanza), hasta llegar a mi añorada y peligrosa Sevilla, del bien o mal llamado Siglo de Oro. Porque sí, amigos, yo soy de los que salen en uno de esos módulos. Y ver a jóvenes actores dándole vida a mis callejuelas me llena de orgullo y un poco de vergüenza, que tampoco soy tan fiero.


Y no quiero, ni puedo ni debo, olvidarme de los padres y madres. Esos que confían a esos valientes actores, sus hijos e hijas, en las manos de Ajetreo durante tres horas o más. Y os digo una cosa: siempre es consuelo la confianza, más cuando uno va armado con una espada de palabras y una lengua más larga que un día sin pan. Gracias a ellos por dejarnos sembrar en sus retoños la semilla de la imaginación, que de eso andamos muy faltos en estos tiempos.
Y hay más. Muchos más. No alcanzarían estas hojas a nombrarlos a todos… Los jóvenes que llegaron con cara de no saber qué es un dado de diez o veinte caras, y se fueron abrazando a su personaje como si fuera un hermano. Los que volvieron de ediciones anteriores con la chispa en los ojos, y los que se quedaron con ganas de más y ya preguntan por la siguiente. Sabed que todos esos actores y Personajes volverán. Sí, lo juro por mi espada y por mi nombre. Regresarán con las VII Jornadas de Rol en Familia. Pero esa será otra comedia, que será contada a su tiempo, cuando los dados vuelvan a rodar y las hojas de personaje recuperen el polvo de mil aventuras...

Así que ya sabéis. Os esperamos. En Avalon, y en cualquier esquina de vuestra imaginación.
Allí donde un valentón sevillano de 1623 se cruza con un semiorco bondadoso y un enano refunfuñón.
Allí donde los directores hacen magia con tres dados y una sonrisa.
Allí donde las familias aprenden que, a veces, la mayor aventura es sentarse alrededor de una mesa y contar juntos una historia…
No faltéis, por vida mía. Que Gonzalo Ibáñez ha dicho lo que tenía que decir, y ahora voy a retirarme a una taberna a mojar la pluma en algo más grato que la tinta.
Con palabra cierta y corazón de comediante,
Gonzalo Ibáñez
Valentón, personaje, y ahora también escribidor por necesidad a la comanda de Ajetreo

